Doce gaviotas

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Todo empezó cuando escuché ese revoloteo en el alfeizar de mi ventana.

Me levanté de la silla del escritorio acercándome a ella. Vi como allí estaba posada una gaviota que picoteaba el cristal. Abrí la ventana para echarla, se asustó y salió volando. Me quedé mirando como se marchaba y después cerré la ventana, dirigiéndome hacia la cocina para prepararme un té. Cuando estuvo hecho, me lo tomé tranquilamente junto con unas galletas de canela.

De repente se oyó un ruido tremendo en la ventana donde antes estaba aquel pájaro, como si algo muy grande quisiera entrar a través de los cristales. Me encaminé a ver qué era ese ruido, al llegar no pude evitar asombrarme por lo que vi. En el alfeizar de la ventana estaban posadas tres gaviotas que picoteaban los cristales. Intenté que se asustaran pero no hubo manera de que se largaran. Finalmente lo conseguí, se marcharon rápidamente.

Después me senté en la silla del escritorio, cogí una de las carpetas de papeles. Al rato escuche como alguien tiraba algo desde el piso de arriba. Me levanté de mi asiento y me asomé para ver de donde provenía el ruido.

En la repisa de mi ventana había comida tirada. De repente aparecieron un montón de gaviotas, que se tiraron a por la comida como desesperadas. Intenté de nuevo que se marcharan por todos los medios, sin éxito.

Al llegar la noche se marcharon tan rápido como vinieron.

Esa noche me fui a dormir sin creerme lo que me estaba pasando…

Como cada mañana me levanté para ir a la oficina, desayuné rápidamente y me marché al trabajo. Cuando llegue por la tarde a casa ahí estaban otra vez, las malditas gaviotas en esta ocasión conté doce. Las intenté asustar con una escoba y se marcharon todas, chillando, pero cuando fui a la cocina a hacerme un bocadillo, escuché de nuevo un súbito ruido al caer algo desde arriba. Me asomé con cautela a ver de qué se trataba.
Encima de la repisa de mi ventana volvían a verse restos de comida. Entonces me dí cuenta. ¡Alguien del piso de arriba tiraba comida para que vinieran aquellas condenadas gaviotas!

Abrí la ventana tan rápido como pude y miré hacia arriba. La cabeza de una mujer se escondió rápidamente. Limpie los restos de comida, furioso, y decidí subir al piso de arriba tras esperar un rato a tranquilizarme. Al llegar, sentía unos nervios en el estómago, pero toque el timbre un par de veces.

Me abrió una mujer mayor con cara de perro.

—¡Buenas tardes, señora!—dije, intentando ser cortés y controlarme—. He visto como tiraba restos de comida sobre la repisa de mi ventana. La pido por favor que no lo haga más.

La mujer ni se inmuto:

—¡Yo no he tirado nada! ¡Eso es mentira! -Gritó, y cerró la puerta de un sonoro portazo.

Tras aquel día todo fue a peor, tiraba más y más cosas por la ventana. La puse denuncias pero de nada me valieron.

Tras varios días, cansado y agotado por las visitas cada vez más frecuentes de aquellas terribles aves, cuando iba a poner la enésima denuncia, los policías ya ni me preguntaban a qué había venido, se habían acostumbrado a tenerme allí. Esa fue la gota que colmó el vaso.

Fue un infierno vivir allí con aquella diabólica mujer y aquellas doce condenadas gaviotas, que ya no se marchaban ni de mi ventana ni del edificio, por mucho que intentase asustarlas.

Por fin, tras varios meses, ya harto de aquella situación, me puse a buscar un sitio nuevo donde vivir, totalmente rendido a las evidencias. Era incapaz de vencer a aquella bruja y sus pájaros. Finalmente encontré una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Tan pronto como pude me cambié a la nueva casa. Agarré mi maleta y, con un portazo, abandoné mi casa para siempre. La única despedida fueron los chillidos de aquellas doce bestias.

—Ahí os quedáis, hijas de puta…

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