Las cartas de Elisa

En una modesta casa a las afueras de la ciudad más cercana había una vieja puerta de madera de color verde. Tenía un precioso pomo de forma redondeada que imitaba a un diamante. La vieja puerta estaba entreabierta, y daba al exterior. Podía verse parte de una enredadera. Por la puerta entraba un rayo de claridad del exterior. Se escucharon unos pasos que se dirigían hacia la puerta.

Era una joven llamada Elisa, de unos veinte años, que se disponía a salir por aquella puerta. Salió por la vieja puerta que daba a un maravilloso jardín. En el jardín se encontró con su madre, que regaba las flores y macetas que tenía plantadas en él.
Elisa se acercó a su madre y le dió un beso en la mejilla. Su madre sonrió y la acarició su pelo en gesto afectuoso. Seguidamente, Elisa siguió su camino dirigiéndose hacia un caminito de piedras. Ese caminito conducía a un pequeño estanque situado en medio del jardín.

Elisa llevaba en sus manos un libro con una encuadernación de piel de color verde oscuro, con hermosos dibujos florales. Se sentó en la hierba junto al pequeño estanque. Abrió el libro del cual sacó un sobre, era una carta. La carta había llegado a casa de sus padres hacía dos días, y hasta aquel momento no se había atrevido a leerla.
Elisa dejó el libro encima de la hierba junto a ella, abrió la carta con mucho cuidado de no romperla. Empezó a leerla y, mientras lo hacía empezaron a brotarle lágrimas, que iban cayendo lentamente por sus mejillas.

Cuando terminó de leer la carta, la rompió y la tiró al suelo. Elisa no dejaba de llorar amargamente pensando en lo que estaba escrito en aquella carta. Quien la enviaba era de un pretendiente del que Elisa se había enamorado perdidamente. En la carta escribió:

“Nunca me gustaste eres una joven bajita y no eres hermosa. Eres una ingenua y con unos gustos estúpidos. Nunca me enamoré de ti. Hice que te enamoraras de mí porque tu familia era muy rica. Solo quería casarme contigo para quedarme con el dinero de tu familia. Y cuando descubrí que tu familia no era tan rica como yo pensaba, que tu familia se había arruinado hacía unos años atrás, no quise seguir con los planes de casarme contigo. Ahora he decidido buscarme a otra joven de familia adinerada. No quiero saber nada de ti. Hasta nunca, mi humilde Elisa.”

Elisa sacó un pañuelo de un bolsillo de su vestido y, secándose las lágrimas, se dijo a sí misma que no valía la pena llorar por aquel miserable. Se prometió que jamás iba a confiar ciegamente en ningún hombre que no se lo mereciera. Elisa se levantó de donde estaba sentada y se dirigió a su habitación.

Entró en ella y, sentándose en su escritorio, cogió papel poniéndose a escribir unas cartas. Elisa había decidido escribir a todas sus amigas y conocidas para contarles sobre aquel miserable pretendiente que la había enamorado. Escribió y escribió sin descanso,enviando una carta tras otra, hasta que, tras unas pocas semanas, no quedó ninguna joven sin conocer las sucias artimañas que ese hombre había usado con ella.
Pasados unos meses el pretendiente consiguió enamorar a una joven de familia adinerada con las mismas artimañas que usara con Elisa tiempo atrás. Pero lo que él no sabía es que la joven estaba perfectamente enterada de quién era él. El padre de la joven le echó de su casa.

Y por mucho que lo intentase, una y otra vez sin cesar, año tras año, nunca se hizo con ninguna fortuna de las jovencitas a las que intentaba pretender.
Elisa, ajena a sus intentos, siguió adelante con su vida. Había disfrutado enormemente aquellas semanas escribiendo sin parar aquellas cartas, y siguió escribiendo sin descanso, convirtiendo su recién nacida afición en una pasión desmedida, que creció hasta convertirla en una escritora exitosa.

Ahora escribe uno de sus libros en aquel hermoso jardín en el que su madre continúa regando sus plantas, mientras la puerta de madera de color verde se entrecierra lentamente.

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