Tras una puerta cerrada

—¡Por fin!

El anciano exclamó, levantando las manos al cielo. Los portadores, fornidos árabes de piel tostada, extremadamente supersticiosos, dieron un paso atrás, alejándose de la losa de piedra de la puerta, que se deslizaba suavemente con un leve susurro de piedra contra piedra.

Thomas Joyce, traductor venido a menos, entrado en kilos y totalmente bañado en sudor maldijo su suerte y se preguntó qué demonios hacía allí antes de tranquilizar a los portadores en su lengua. Lo consiguió sólo en parte, pues aunque accedieron a aguardarlos allí fuera, se negaron en redondo a entrar en aquel templo perdido. Miró al anciano. Si, él era la causa de que ahora estuviese allí, muerto de calor, hambre y hastío. Ernest Joyce, su padre. Cerró los ojos y suspiró largamente.

Todo empezó cuando aquel libro llegó a las manos de su padre, aquel extraño libro de piel macilenta, encuadernación antigua y páginas medio carcomidas. Y en su interior un mapa, la ilustración de una puerta de piedra y una frase:

“En su interior duermen los deseos”

Ese libro, ese mapa, esa puerta enloquecieron a su anciano padre hasta el punto de que se endeudó vendiendo las posesiones familiares y arrastrando a su único hijo a un viaje absurdo al corazón del desierto iraní.

Thomas maldijo su suerte en voz baja, antes de acercarse a su padre, que casi bailaba de felicidad.

—Padre, y ahora ¿qué hacemos?

El anciano miró a su hijo durante unos segundos, como si no comprendiese el sentido de su pregunta, por fin, respondió a su hijo, casi gritando:

—¡Entrar, por supuesto!

Y corrió hacía el interior oscuro, siendo devorado en un instante por la negrura que se abría al otro lado de la puerta. Thomas suspiró, revisó la antorcha que acababa de encender y volvió a tranquilizar a los portadores, que miraban la escena con ojos suspicaces. Por último, llenándose los pulmones de aire, se adentró en el túnel con paso lento.

Abajo se oían los gritos de su padre, que bajaba las empinadas escaleras loco de contento. Cuando apenas llevaba unos cuantos peldaños descendidos oyó una algarabía de gritos y relinchos en el exterior.

—¡Oh, mierda!

Thomas corrió de nuevo al exterior, tan sólo para ver cómo los portadores huían, convertidos en una humareda de polvo que se alejaba, con todos los víveres y todos los medios de transporte. Cayó de rodillas en el suelo, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

—¡Hijo, ven! ¡Esto es maravilloso! ¡Baja!

Thomas siguió quieto ante la faz abierta de la puerta, hasta que la polvareda de los portadores hubo desaparecido por completo, ignorando los gritos apremiantes de su padre, que le llegaban deformados por la distancia y los múltiples ecos provocados por el largo pasillo.

Miró al cielo, gimiendo.

—Ahora si que estoy jodido…

Y, volviendo a coger la antorcha, volvió a adentrarse en el largo pasillo descendente, siguiendo el rastro claro de los gritos de júbilo de su padre, preguntándose a sí mismo qué es lo que podía salir peor.

En ese momento oyó el sonido de la gran puerta exterior, cerrándose como una lápida sobre una tumba.

—¡Oh, si!— rio, apreciando la ironía—. Claro, esto era lo que podía empeorar. Cómo no se me había ocurrido.

Y bajó el largo tramo de peldaños pasando del llanto de la desesperación a una risa histérica que presagiaba la llegada de la locura, sabiendo que nunca más podrían salir de aquel templo perdido y maldito.

—¡He deseado tanto llegar a un sitio así! ¡Durante toda mi vida! ¡ Es maravilloso!— gritaba su anciano padre, varios ciento de metros por delante.

—Y yo deseo tanto salir de aquí…—susurró Thomas, a modo de respuesta.

De repente recordó la frase que les había traído aquí: “En su interior duermen los deseos”. Y comprendió, con todo el dolor de su corazón, comprendió. Sus gritos de terror se confundieron con los gritos de felicidad de Ernest Joyce, creando una melodía que llenó por completo cada pasillo de aquel olvidado templo, para morir poco a poco.
No pasaron muchas horas hasta que se volvió a hacer silencio en la oscuridad.

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